LOS ORGAMOS DESCONOCIDOS DE ANNABEL

Running scared

 

Mientras escucha la canción de Roy Orbison, recuerda esa deliciosa pregunta que le hace, esa más aún deliciosa mujer, cuando hacen el amor en el búngalo de Colán:

  • ¿Por qué no me besaste en nuestro paseo a la Playa Cangrejos? –

Por supuesto que se siente como un imbécil, por no conocer el momento oportuno para tomar las cosas cuando se le regalan. Ese había sido el momento perfecto para iniciar el romance y, como un tarado, había dejado pasar el tiempo.

Acaso estuvo inseguro, tuvo temor a ser rechazado. Justificaba su actitud diciéndose que no daba puntadas sin hilo, pero ahora que lo piensa bien, encuentra que eso es una maldita estupidez; aunque en su interior sabe que siempre le acompaño el temor a fallar. Even now.

  • Annabel, quisiera conocerte, ¿Tal vez podamos ir a la playa? –

Pasaron cinco meses y cada cierto tiempo eran deliciosos los encuentros; besar sus labios era igual a beber miel y, en más de un sentido, cuando estaba junto a ella, las demás, se veían insignificantes. Intentaba controlarse; de todas maneras experimentaba un miedo irracional de no poder complacerla, la amaba y trabajaba intensamente para que la visitadora médica consiga el orgasmo que ella afirmaba nunca haber tenido y, finalmente caía rendido ante esas caderas de modelo de Calendario de Taller de mecánica, sin poder interpretar ninguna señal de satisfacción de ese culito; aunque de todas maneras se sentía satisfecho por la labor realizada.

  • Hola Annabel… he tratado de comunicarme contigo, desde hace buen tiempo, ¿Por qué no me has llamado? –

     

  • No sé… será que estuve de viaje, no sé. – Contesta imperturbable y sigue caminando; Emilio tiene que apresurar el paso para ir a su ritmo, terminando de cruzar el puente Sánchez Cerro, lugar donde le ha dado alcance.

     

  • Pienso que no quieres verme –

     

     

  • No sé, no tenía tiempo, estoy apurada… –

Entonces, se da cuenta que ella lo elude y sorprendido, alcanza a decirle:

  • Pe…pe…pero… ¿y lo nuestro? – Tartamudea.

     

  • ¿Lo nuestro qué, Emilio?-

 

  • ¿E… e… este, tu y… y yo? –

     

     

  • ¿Tú y yo qué, Emilio?, el hecho que hayamos ‘estado’ -, no significa nada Emilio.

Se siente confundido y, tal vez no quiere aceptar que cuando una mujer adopta esta actitud, es mejor voltear la página y “aquí no pasó nada”, pero odia engañarse y más aún, ser choteado.

  • Ojalá no hubiera corrido a darle alcance – soy un imbécil – murmura, pero finalmente, acepta que debe quedarse.

     

  • Lástima, ¡era rica la flaca!
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